
¿Quién elige los medios? ¿Hasta qué punto la libertad de expresión no se ve condicionada?
Efectivamente, debemos admitir que el ordenamiento social no se ha desarrollado de forma armónica, y que muchas estructuras existentes hoy día, persistentes e inamovibles, sustentadas por su poderío económico, su predominio en el mercado, por una historia, un desarrollo de la estructura empresaria (a nivel temporal y espacial), y por algo más complejo, la creencia en el merecimiento de un derecho: “esto es así, porque así debe ser”, hacen que aquello que objetivamente no debería ser, sea. Ya no importa si tal o cual “actor”, en tanto protagonista de los medios, posee cualidades objetivas, ya no importan sus contradicciones, o sus graves faltas éticas, el que permanezca es signo de la “libertad de expresión”, ¿pero quién determina que sea aquel el que haga uso de su libertad de expresión y no otro? ¿quién determina que la “libertad de expresión” se transforme, para algunos, en una suerte de rémora de los títulos de nobleza? Y aquí es dónde me planteo la necesidad de comenzar a hablar de la “equidad de prensa”, esto sería, el acceso igualitario a la libertad de expresión, un intento por morigerar aquel resabio feudal.
El capitalismo moderno se asienta sobre la base de la libertad, la libertad de empresa es lo que determina, conjuntamente con la libertad de prensa, una arbitrariedad, en términos objetivos, a la hora de decidir quiénes serán los que harán uso de dicha libertad de expresión, en el marco de una empresa con intereses particulares, la más de las veces, en marcado antagonismo con el interés general de la población.
Nadie (ó casi nadie), en tanto propietario de una empresa, va a contratar a alguien que vaya en contra de sus propios intereses (empresariales, corporativos, económicos). Esa primera forma de censura a la libertad de expresión, en el marco de un sistema con gran concentración mediática, y con escasas posibilidades de acceso a vías de expresión alternativas, comparativamente igualitarias, equitativas, tanto en su alcance, como en su capacidad de llegada y difusión, torna al sistema en estructuralmente injusto.
Por todo lo antepuesto, considero de vital importancia la puesta en práctica de la ley de servicios audiovisuales, no solamente para garantizar la libertad de expresión, sino, sobretodo, para garantizar la equidad de prensa, la igualdad ante la ley, y la igualdad de oportunidades, regulando aquello que desvirtúa conceptos tan nobles como el de “libertad”, aportando igualdad y justicia. El resto, correrá por cuenta de los receptores de los medios de comunicación, en cuanto receptores activos, con espíritu crítico, con sagacidad e inteligencia. Solo a través de ellos comenzarán a perdurar a través del tiempo, no ya los que convengan en términos empresariales, sino los necesarios, aquellos imprescindibles, en términos sociales, políticos y culturales.
Efectivamente, debemos admitir que el ordenamiento social no se ha desarrollado de forma armónica, y que muchas estructuras existentes hoy día, persistentes e inamovibles, sustentadas por su poderío económico, su predominio en el mercado, por una historia, un desarrollo de la estructura empresaria (a nivel temporal y espacial), y por algo más complejo, la creencia en el merecimiento de un derecho: “esto es así, porque así debe ser”, hacen que aquello que objetivamente no debería ser, sea. Ya no importa si tal o cual “actor”, en tanto protagonista de los medios, posee cualidades objetivas, ya no importan sus contradicciones, o sus graves faltas éticas, el que permanezca es signo de la “libertad de expresión”, ¿pero quién determina que sea aquel el que haga uso de su libertad de expresión y no otro? ¿quién determina que la “libertad de expresión” se transforme, para algunos, en una suerte de rémora de los títulos de nobleza? Y aquí es dónde me planteo la necesidad de comenzar a hablar de la “equidad de prensa”, esto sería, el acceso igualitario a la libertad de expresión, un intento por morigerar aquel resabio feudal.
El capitalismo moderno se asienta sobre la base de la libertad, la libertad de empresa es lo que determina, conjuntamente con la libertad de prensa, una arbitrariedad, en términos objetivos, a la hora de decidir quiénes serán los que harán uso de dicha libertad de expresión, en el marco de una empresa con intereses particulares, la más de las veces, en marcado antagonismo con el interés general de la población.
Nadie (ó casi nadie), en tanto propietario de una empresa, va a contratar a alguien que vaya en contra de sus propios intereses (empresariales, corporativos, económicos). Esa primera forma de censura a la libertad de expresión, en el marco de un sistema con gran concentración mediática, y con escasas posibilidades de acceso a vías de expresión alternativas, comparativamente igualitarias, equitativas, tanto en su alcance, como en su capacidad de llegada y difusión, torna al sistema en estructuralmente injusto.
Por todo lo antepuesto, considero de vital importancia la puesta en práctica de la ley de servicios audiovisuales, no solamente para garantizar la libertad de expresión, sino, sobretodo, para garantizar la equidad de prensa, la igualdad ante la ley, y la igualdad de oportunidades, regulando aquello que desvirtúa conceptos tan nobles como el de “libertad”, aportando igualdad y justicia. El resto, correrá por cuenta de los receptores de los medios de comunicación, en cuanto receptores activos, con espíritu crítico, con sagacidad e inteligencia. Solo a través de ellos comenzarán a perdurar a través del tiempo, no ya los que convengan en términos empresariales, sino los necesarios, aquellos imprescindibles, en términos sociales, políticos y culturales.

