miércoles, 2 de noviembre de 2011

OPINIONES Y OPINADORES (III)


3.
En cualquier noticia en apariencia trivial, en cualquier comentario al pasar, vemos aparecer con claridad los hilos de una trama mucho más perversa de lo que podríamos imaginar, y con intereses muy precisos. No debemos pecar de inocentes en nuestro análisis, y comprendamos que ni bien comencemos a cuestionar aquello que podría parecer para algunos incuestionable, comenzarán a aparecer las primeras reacciones. Estas irán desde sutiles descalificaciones hasta severas agresiones, todas ellas cargadas de una seriedad, expresada en el rictus, que intentará, por lo menos, hacer creíble la reacción del sujeto, objeto de nuestro análisis, por lo menos para sus habituales receptores.
Si se nos acusa de paranoicos o de caer en teorías conspirativas, debemos preguntarnos con justeza, en primer término, qué separa al paranoico del perspicaz, aquel hombre con  espíritu analítico y crítico, propio de los seres pensantes, y como respuesta obtendremos la siguiente: la paranoia es una alteración psicológica de orden perceptivo en la cual el sujeto se ve amenazado por un entorno al cual le confiere características hostiles que en realidad no posee, el “delirio de persecución” es una forma de paranoia.
Recuerdo a cierto periodista que expresaba, frente al beneplácito de sus colegas, un acabado comportamiento paranoico, porque lo “podían estar escuchando”. Otros tantos se sentían víctimas de un “miedo”, que no tenía raigambre en hechos de la realidad que lo justificasen. Bueno, justamente eso es paranoia. Si partimos del frío análisis de los hechos, textos, comentarios, del análisis de lo gestual, y agotando toda posibilidad llegamos a conclusiones que cualquiera, siguiendo el mismo procedimiento, puede llegar, entonces será claro que nuestras posiciones no serán fácilmente rebatibles por la vía de la razón. Tampoco se nos podrá acusar de tejer teorías conspirativas, porque las conspiraciones existen, y en esa acusación hay una afirmación implícita, y es la que dice que las conspiraciones no existen, y que uno al sugerirlas, en cierta forma, lo que está haciendo es fabulando. Claro, quizás, el nombre que deberíamos darle en la actualidad no sea el de conspiración, ya que dicho término nos remite a conspiraciones palaciegas, donde el acuerdo entre varios para conspirar contra el rey, era llevado a cabo en el más absoluto secreto, para poder asestar el golpe final, generalmente, la muerte de los “obstáculos” hacia el poder, en el momento oportuno, y en la actualidad las cosas se dan de otra forma, quizás menos brutal, quizás más “civilizada”. Ya no se trata de un conjunto de nobles o cortesanos, ahora son conglomerados empresariales, monopolios, oligopolios, empresas multinacionales, cuyos objetivos son netamente económicos y de poder, y que en pos de dicho poder elaborarán planes que serán llevados a cabo a veces de forma sutil, otras burdamente. A veces ni siquiera necesitarán ponerse de acuerdo en un plan de acciones, o instruir a sus subordinados, ya que lo claro, para ellos, son los objetivos, y mientras sus objetivos sean comunes, aunque parezcan sus acciones obra de un único cerebro común, la similitud se deberá tan solo a la concordancia de esencia y objetivos. En todo caso, llegar a desentramar un aparato conspirativo con origen en un par de cabezas, requeriría una investigación que excede nuestras posibilidades, y sin importar si es uno o varios, lo que si debemos distinguir son los procedimientos llevados a cabo por ellos.
Sabemos que las empresas mediáticas se concentran, en la actualidad, en pocas manos, y ya sea a través de acciones conspirativas, o a través de operaciones políticas tendientes a no perder su posición dominante, llevan a cabo comportamientos propagandísticos llamativamente similares.

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