
Creo que es claro, que la mayoría de los medios de comunicación masiva, hoy en día no se dirigen a nosotros. ¿A quién, entonces... y con qué fin?
Utilizando procedimientos muy elementales y burdos, propios de la peor propaganda política, se empecinan en convencer sobre hechos que descollan por lo absurdo, justifican la violencia física y dan crédito a denuncias inventadas, pasan por alto las peores amenazas, los peores latrocinios, y se detienen en el tono con el que ha sido pronunciada una frase. Efectivamente, lo que nos venden ya no es sólo pescado podrido, es moby-dick en avanzado estado de descomposición, y eso nos lleva a pensar: ¿buscan alterarnos?, ¿agredirnos?, ¿qué es lo que buscan?. Si se dirigen a quiénes piensan como ellos, aquellos que poseen y persiguen los mismos intereses, se regocijarán con todo y aceptarán cualquier cosa como cierta, por más absurda que parezca, por menos análisis que resista, sin cuestionamientos. Si alguien comenzase a cuestionarlos, puede ser que se encuentren en aprietos, si es que primero se toman el trabajo de pensar, en lugar de responder con fórmulas hechas, apelando a valoraciones totalmente subjetivas o descontextualizadas, o a alterar el orden de importancia, a resaltar lo accesorio sobre lo esencial.
Ciertamente no creo que se dirijan a nosotros. ¿Y al apático? Yo creo que si así lo piensan, se equivocan, subestiman la capacidad de razonamiento crítico de las personas.
Si no es así, si sólo se dirigen, a sabiendas, a sus seguidores incondicionales, aquellos que con beneplácito observan la realidad con las mismas orejeras, aquellos con los que comparten una misma visión del mundo y de la realidad, su espectro de comunicación tiene marco fijo e inmodificable, y ese cerrar filas nos brinda una muestra cabal de su imposibilidad de abrirse a la realidad e intentar transformarse con ella, se aferran a lo que han construido y se desmorona, se aglutinan, y lejos de aminorar su caída, la aceleran.
Pienso, por otra parte, que aquello que en un comienzo pudo ser visto por algunos como artillería pesada de los medios de comunicación, hasta incluso, como obra de una maquiavélica supra-inteligencia, hoy día se ve a las claras que ha sido una pésima estrategia de una inteligencia supina, porque aquellos que podían dudar, hoy ya no dudan, y quienes poseían cierta fidelidad, por obra y gracia de la costumbre, hoy ya no la tienen.
Varios comunicadores, periodistas y políticos, se han ganado un bien merecido desprestigio, dinamitando, quizás, un trabajo de años, colocándose en un sitio del que no se vuelve, el territorio del descrédito. Ya no les creemos. Ni usted ni yo. Y no somos los únicos. Algunos, délo por seguro, ya no se creen ni a sí mismos.
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